30 noviembre, 2016

Santiago: De políticos casamientos y otras yerbas

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Por: Juan Pablo Suárez

En la imagen un hombre cenital, de smoking negro remedo caricaturesco y subdesarrollado de un Frank Sinatra en estado postraumático, intenta entonar una melodía que desconoce y susurra a destiempo una letra que no sabe. Al girar la improvisada cámara se observa a sus aparatosas fans que también cantan o al menos lo intentan, en una especie de delirio aún más penoso que el del intérprete referido. Están tan brillosas…. todo se asemeja a un paso de comedia de la revista porteña con su grupo de vedettes en franca decadencia, algunas por la edad otras por lo recargado de sus atuendos con turbantes floridos o piedras en la frente y se deshacen en movimientos ondulantes. Cuando le acercan un micrófono a la que más se contonea,  es allí donde la vergüenza ajena invade.

Todo los detalles del grotesco han sido calculados cuidadosamente para mostrarse caros y abundantes. Tampoco faltaron a la cita guardaespaldas y cantantes  de profesión que disimulan la ignorancia en materia musical del personaje central, pero la situación tiene una carencia de charme y gusto refinado total, es una especie de fiesta anual del magnate de la grasa, una en la que se nota que el dinero no compra el buen gusto y que ser rico no es sinónimo de finura. Eso es así y ni muriendo y volviendo a nacer cambia la situación, esa pincelada se desarrolla durante generaciones y se lleva naturalmente, es intangible y no cuantificable pero son en estas ocasiones donde se nota, vaya si se nota.

Completan la imagen a la siniestra del desafinado, un joven de rostro abuenado  con un peinado demodé careciente también de conocimiento y afinación, trémulo en sus movimientos. Allí dentro todo parece perfecto, alegre y exuberante, sin embargo afuera arrecia el hambre, no hay luces y lo que sobra es la miseria, todo tiene una especie de semejanza con el “Tropicana”, un cabaret cubano que hoy funciona como una cooperativa de trabajo en la que los lugareños mantienen su fuente de trabajo cociendo y recociendo una y otra vez sus aparatosos disfraces para salir cada noche a brindar un nuevo espectáculo, la imagen general  es esa, la de un cabaret decadente pero caro, muy caro.

Mirando atentamente las instantáneas que arrojan cada cuadro de la filmación (termino antiguo si los hay) y viendo la cara de sus protagonistas, puede uno caer en la cuenta de que todos o casi todos son ricos pero no poseen fortuna alguna y hay algo que sí parece ser una constante en los presentes, algo que se desprende del propio cónclave por las calidades humanas de sus convidados, algunos como actores principales, otros adláteres bufones. TODOS TIENEN PRECIO, PERO NINGUNO POSEE VALOR.